MIMO

La joven salió aquella noche tarde de sus clases de ballet, pero tampoco le importaba, estaba acostumbrada a caminar sola por los pasillos llenos de azulejos del metro. En sus auriculares sonaba una vieja canción de Madonna, y ella inconsciente, la tarareaba en voz baja. Se recostó en una de las columnas cerca de la vía y de reojo vio cómo un hombre realizaba el mismo movimiento en la viga anterior. Lo observó un momento, lo justo para ver que vestía completamente de negro, mientras su rostro pintado de blanco contrastaba con sus labios y ojos también prietos. 

—Por Dios, es un mimo. ¿A estas horas? —susurró la joven un poco molesta, mientras esperaba que se acercara para pedirle dinero.

            El maquillaje corrido en algunas zonas dejaba sombras deformes en su rostro, exagerado y macabro. Había algo que no le estaba gustando. Nerviosa rebuscó en su bolso el mp3 para detener la música y vio cómo el mimo repetía cada movimiento, esta vez más cerca.

            —Deja de imitarme, no tiene gracia —dijo la chica un poco asustada mientras estiraba la mano para pedirle que detuviera la actuación, pero el mimo seguía repitiendo cada acto—. ¡No tienes mi permiso, basta! —Le tiró tres monedas a los pies molesta y caminó hasta el otro extremo del andén.

            A lo lejos sintió el ruido del tren acercándose, por fin, estaba deseando marcharse de ese lugar y alejarse del desconocido. Se acercó a las vías y observó como a lo lejos se veían las luces que se aproximaban. Unas monedas sonaron a sus pies, provocando un ruido impertinente cuando impactaron con el suelo. Se giró de golpe y el mimo se encontraba a escasos centímetros de ella. La saludó con la mano y soltó su aliento hediondo. Como si una fuerza extraña la poseyera, la joven imitó su movimiento. El mimo entusiasmado bailó dando un par de vueltas, comprobando que reproducía sus movimientos contra su voluntad. Aterrada comenzó a llorar, mientras se veía dominada por ese ser inmundo. Intentó gritar, pero su voz había desaparecido, y suplicó a Dios. Su captor mental se acercó un poco más y le sonrió, dejando ver unos dientes carbonizados. La luz del tren se acercó por el túnel justo en el preciso momento que él mimo saltaba hacia las vías, y detrás, la joven que lo imitaba.

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