EL HIJO

María es una psicóloga que había estado trabajando como asistente social durante el último año para el servicio estatal. Viajaba por todo el condado, recorriendo los hogares de las familias que pudieran necesitar su apoyo. De esa manera conoció la casa de Alis.

            —Necesito que me explique que es lo que sucede con su hijo. —Miró los papeles del servicio social—. Alex. ¿Así se llama?

            —Sí Últimamente no sé que le pasa, se comporta de manera extraña. —Alis se rascaba el pelo pegajoso enredándolo aún más—. Es mi hijo, solo que ya no quiere estar con nadie.

            —¿Desde cuando se comporta así?

            —Lleva diez días. Desde que volvió del sótano una noche. —La mujer restregó su nariz con la manga sucia del jersey—. Bajó a buscar unas cosas y ya no quiere que nadie lo vea. La casa debe estar a oscuras y solo sale de su habitación cuando es noche.

            —Podemos pasar a verlo. —María observó a su compañero. Un policía que la acompañaba en cada cita—. Si prefieres, podemos subir nosotros solos.

            —¡No! Esta bien. Ahora le llevaremos la cena y podéis intentar verlo. 

            —Muy bien. Si nos permite, mientras tanto el agente Ramírez le echará un vistazo al sótano. Donde todo empezó.

            María acompañó a la madre hasta la segunda planta. Golpearon tres veces la puerta y apenas abrió el olor a ácido llenó sus fosas nasales. Intentó mirar hacía dentro, pero la oscuridad era demasiada y su vista no lograba acostumbrarse con tanta facilidad. Un gruñido gutural se escuchó desde dentro y en la pared se comenzó a dibujar una sombra deforme y desestructurada. La asistente social miraba atónita al ser grotesco que apareció frente a ella. Estaba claro que algo muy grave le estaba sucediendo al hijo de Alis. La piel se le caía a pedazos, colgando las partes que se desprendían de sus brazos, ya sin músculos. Su cráneo quedaba a la vista por la falta de cabello y dejaba ver una larga cicatriz que atravesaba toda la zona parietal. Abriendo su boca de una manera grotesca, antinatural, gritó con fuerza. Con sus dedos largos y deformes atrapó a la pobre Alis, para de inmediato arrastrarla con él y obligarla a saltar por la ventana. El ser grotesco se perdió en la oscuridad mientras remolcaba del cabello a su madre. María corrió a toda prisa en busca de su compañero.

            —¡Ramírez! ¡Auxilio! —Desesperada, buscaba con la mirada perdida al hombre—. ¡Por favor ayúdenos!

            —¿Qué sucede María? —El policía subió las escaleras del sótano rápidamente—. Tranquila.

            —¡Se la llevó! ¡Se la ha llevado al bosque! ¡La secuestro!

            —¿Quién secuestro a la señora Alis?

            —¡Su hijo! Su hijo se la llevó hacia el bosque cogida del cabello.

            —Eso es imposible, María. —Ramírez palideció y respiró hondo antes de poder contestar—. Es imposible porque acabó de encontrar el cuerpo del hijo de Alis muerto en el sótano. Debe llevar allí los diez días.

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