JUEGA CONMIGO

—¿Juegas conmigo? —La voz le llegó desde su espalda, lo que provocó que se intentara girar sorprendido—. Por favor, estoy aburrida.

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? —Por más que miraba a su alrededor no era capaz de encontrar a nadie—. ¡Sal ahora mismo!

—Tienes que jugar conmigo, así no quedarás solo. —Era un timbre chillón que daba pena y que le retumbaba dentro de su cabeza—. Siempre me envían a mí, pero muchos son tontos y no quieren escucharme.

—No quiero jugar con nadie. ¡Déjame en paz! —Unos pequeños pasos corretearon de un lado a otro.

—Está bien, tú lo decidiste. Como los otros no quisiste jugar.

Daniel se observó la ropa sucia y los pies descalzos. Se encontraba en un largo cubículo cubierto de niebla. Entre la esponjosa y blanquecina bruma salió una mano ulcerosa, negra como el carbón. De su muñeca colgaban varias pulseras de emergencias, todas con diferentes nombres y fechas. 

—¿Qué haces con eso? Es mi pulsera. Tiene mi nombre. —Daniel se sobresaltó al ver que una le pertenecía.

—Lo sé, ahora es mía. Eso les pasa a los que no quieren jugar. La nueva ya te la he puesto y ni te has enterado.

Se miró nervioso las manos e instintivamente se tocó el cuello, enseguida la vio, del tercer dedo de su pie colgaba una etiqueta mal escrita. De inmediato sintió el frío de la camilla del congelador.

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